¿De qué vais hablando por el camino?

Cada día hablamos de muchas cosas, del trabajo, de la familia, de nuestros problemas, de las ilusiones que tenemos... Es el camino de nuestra vida. A veces parece que Dios está muy lejos pero en realidad Él no ha dejado de caminar a nuestro lado. Aquí tienes unos videos con las experiencias de tres personas que encontraron la Fe en el camino de su vida. Cada uno de ellos partía desde un lugar diferente, pero todos recibieron alguna ayuda para dar los primeros pasos: UNA PROFESORA DE INGLÉS // UN VIAJE A UN PAÍS EXTRAÑO // UN VAGABUNDO DE PARÍS

El miércoles de Ceniza empieza en la Diócesis de Valencia un ITINERARIO DE FE para descubrir a Dios en nuestra vida. Y está abierto a todo el mundo, creyentes y no creyentes, jóvenes y adultos. No importa de donde vengas o lo alejado que estés de la Iglesia, basta con que quieras explorar la Fe desde su raíz. ¿Por qué no caminar siguiendo Sus huellas?


Quizá sea un buen momento para comenzar este camino de Fe, para buscar una respuesta a las preguntas que nos hacemos, para rezar después de mucho tiempo y descubrir a Dios junto a nosotros. Puedes acercarte a preguntar en cualquier parroquia de la Diócesis de Valencia. Este miércoles de Ceniza, 9 de marzo, podrías dar el primer paso de un largo viaje. ¡Anímate!

El Itinerario Diocesano

El Itinerario Diocesano de Renovación se plantea como un viaje para descubrir desde la raíz nuestra fe en Jesús. Es una nueva propuesta para la transmisión de la fe y la experiencia personal y comunitaria del amor de Cristo en nuestra vida. Todos estamos invitados a participar.

Este itinerario “quiere ser un instrumento para poner de manifiesto la presencia de Jesús en el caminar de nuestras vidas. Un medio para descubrir su presencia salvadora, para ayudarnos a reconocer que el que camina a nuestro lado es Jesús Resucitado.”



 El destinatario de nuestro Itinerario es toda y cada per­sona, creyente o no creyente, joven o adulto, que quiera es­cuchar y hacer resonar en su propia vida la Palabra de Dios. Este proceso quiere ser una ayuda para un camino personal de fe que ponga en el centro de nuestra vida el proyecto salví­fico de Dios. Por eso, queremos recorrer un camino que toque los puntos fundamentales de la experiencia cristiana, y de esta manera, nos veremos llevados a recorrer todo el mensa­je cristiano a partir de la Palabra de Dios y de la Tradición de la Iglesia.

¿Qué vamos a hacer?

El itinerario consta de diferentes jornadas. Cada jornada nos reuniremos en pequeños grupos (de 10 personas aproximadamente) para tratar un tema. Los grupos tendrán un monitor para organizar las reuniones y acompañar durante su desarrollo. Las jornadas podrán ser mensuales o quincenales, según disponga el grupo en cada momento.

El método que seguirán las reuniones será el de la “lectio divina”, que es el modo concreto y ordenado de leer religiosamente la Sagrada Escritura que ha ido conformando toda la tradición cristiana desde el monacato antiguo. Supone un pequeño proceso que, comenzando siempre por la escucha de la Palabra de Dios, que es la “luz para nuestros pasos”, intenta transformar nuestro corazón y nuestra vida desde la voluntad divina. La dinámica de este método supone varios pasos sucesivos:
  1. - LECTIO ..............................¿Qué dice el texto?
  2. - MEDITATIO ........................¿Qué me dice a mí?
  3. - ORATIO .............................¿Qué me hace decirle a Dios?
  4. - CONTEMPLATIO ................¿Qué cambia de mi vida?
El Itinerario no es un conjunto de charlas o catequesis, en las que el monitor habla y los demás escuchan. Es una actividad en la que debe participar todo el grupo. Son más importantes las preguntas que las respuestas. Tiene prioridad el diálogo sobre los discursos. Es un viaje que hacemos juntos. Queremos conocer la Palabra y, a través de Ella, buscar su Rostro:



Y un poema




Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.


Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.




"Antología poética" de León Felipe.

De qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu vida?

Mt 16, 24-26

Triunfar. Quien no triunfa es un fracasado. Eso creía Eduardo Verástegui. Pero ahora que había triunfado y lo tenía todo, se sentía cada vez más vacío. No entendía nada, no sabía que le pasaba, hasta que un día decidió contratar a una buena "profesora de inglés":



Estas preguntas son una buena manera de empezar a caminar. Porque en el camino de la fe no puedes ir cargado con muchas cosas, hay que ir ligero y con el corazón abierto.

Y vosotros ¿Quién decís que soy Yo?


María Vallejo-Nágera es una escritora española que había perdido su fe. Le parecía algo ridículo y anticuado. ¿Cómo se puede creer hoy en estas cosas? Era un asunto que no le interesaba nada, pero se dejó convencer por unas amigas para hacer un "viaje a un país extraño":



Estos podrían ser los primeros pasos en el viaje hacia la esencia de tu fe, en la búsqueda para conocer quién es Dios. Quizá lo encuentres por el camino cuando menos te lo esperes.

Yo soy la Resurrección y la Vida. ¿Crees esto?

Jn 11,25-26

Había sufrido mucho. Tim Guènard tenía motivos para estar amargado y lleno de odio. Pero sus heridas y el dolor de su pasado no apagaron completamente la esperanza. Y poco a poco fue reconociendo las caricias que Dios le daba; la primera a través de un "vagabundo de París":



Aunque lo hayas pasado muy mal no debes pensar que Dios está lejos de ti. Él está a tu lado. Mantén la esperanza y pronto encontrarás personas que te ayudarán en el camino de la Fe.

Mercedes Aroz

Nacida en Zaragoza hace 63 años, divorciada, madre de dos hijos, licenciada en Económicas, cofundadora del PSC, diputada socialista en el Congreso en cuatro legislaturas, y senadora más votada de España  por Barcelona. Abandonó la política por su conversión al cristianismo en el 2008.

Breve relato de su conversión en primera persona.

La fe es un don gratuito de Dios. Sólo así puedo comprender lo que me aconteció inesperadamente hace pocos años, y que ha supuesto pasar de la increencia y de una ideología marxista materialista, sobre la que construí mi vida y la de mi familia, a la fe cristiana. Pero este don llegó primero a mi hijo menor que me precedió varios años en el camino de la fe, lo que lleva a plantear la relación de ambos hechos.

Tengo dos hijos. Toda la vida, en casa, los eduqué en los valores de la izquierda y del marxismo. Mi hijo menor, siendo estudiante, en una comuna, estaba en una situación delicada. Él conoció a los Hermanitos del Cordero y se convirtió al cristianismo. Mi hijo ha sido... es difícil recordar esto ahora... ha sido un proceso de... ¡la Gracia de Dios!

Sin embargo, la fe es un acontecimiento personal que viene de fuera de uno mismo, y a la vez es profundamente interiorizado. Ésta es mi propia experiencia. La fe se inicia cuando Dios irrumpe en la vida y toca lo más íntimo del corazón. Y es a partir de ese momento cuando se implica la razón y toda la persona en la búsqueda y conocimiento de Dios, conllevando un cambio radical de vida. A través de la razón y la reflexión se puede llegar a creer en la existencia de Dios, pero la fe como experiencia y relación con Él es una verdadera gracia.

La conversión de mi hijo aconteció dentro de su proceso de búsqueda, no exento de riesgos, cuando ya vivía de forma independiente. Dios puso en su camino los medios, las personas y las intuiciones decisivas para llegar a la fe cristiana que dio sentido a su vida. Y el buen puerto que es la Iglesia católica le dio estabilidad y el lugar para vivir la fe. Como madre, acogí con respeto sus creencias y con alivio su nueva vida, pues supuso una transformación admirable. Pasó a ser un gran testimonio de vida cristiana, lo que supuso para mí una mejor aceptación del fenómeno religioso; sin embargo, nunca imaginé ni me planteé seguir sus pasos.

Pero la misericordia del Señor es grande, y su poder conmueve el corazón más endurecido y da luz a la mente más ofuscada. Como creyente, he podido comprobar la fuerza de la oración cuando no hay motivaciones egoístas, viendo la respuesta amorosa de Dios ante nuestras súplicas más fervientes. Mi hijo rezó así por su madre, y la fe entró en mi vida.

En verano del año 2000 fueron las Jornadas de la Juventud en Roma. Mi hijo estuvo allí; los Hermanitos del Cordero le ayudaron en su proceso, pero realmente él se convirtió de la mano de Juan Pablo II. Ese verano leí un artículo de una periodista de izquierda, que ponía el foco en los encuentros de Roma, la afluencia de jóvenes. ¿Qué le pasaba a la izquierda, nuestros ideales dónde estaban, por qué no teníamos capacidad de convocatoria? Ese artículo me hizo reflexionar sobre mis ideales.

A finales de ese año recibí la llamada de Dios. ¡Bueno, Mercedes, ya está bien! ¡Yo no recordaba ni el Padrenuestro! Empezó ahí mi proceso. Me formé, básicamente, leyendo libros de Ratzinger.

En noviembre de 2007, Mercedes Aroz hacía pública su conversión al cristianismo (que había empezado, en secreto, en el 2000) y en una nota daba las razones.

"He querido hacer pública mi conversión para subrayar la convicción de la Iglesia Católica de que el cristianismo tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque hay algo más que la razón y la ciencia. A través de la fe cristiana se alcanza a comprender plenamente la propia identidad como ser humano y el sentido de la vida".

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Está claro que en su caso el acontecimiento cristiano ha tocado tan de lleno su vida que la va a cambiar de arriba a abajo.

Es evidente. No se puede entender de otra manera. Como ha explicado muy bien el Papa Benedicto XVI, el cristianismo lo definen tres palabras: fe, doctrina y vida. La fe y la doctrina llevan a una vida consecuente, y ese es mi caso.

«Tener que enfrentarme a leyes que vulneraban principios muy profundos, me obligó a tomar conciencia y a afianzar mi propio compromiso»

¿Cómo se ha producido su acercamiento al cristianismo?

Los cambios espirituales no pueden ser expresados tan claramente como los cambios materiales. Solamente hay una persona en la historia que tuvo una conversión súbita, san Pablo de Tarso. Los demás mortales hacemos procesos y llevamos a cabo unas transformaciones paulatinamente.

Pero sí puedo decir que hay un punto de arranque, una reflexión inicial, que viene de la mano de Juan Pablo II, de aquel magno acontecimiento en Roma de la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000, con aquella afluencia de dos millones de personas. En España no hubo una gran reflexión sobre esto, más allá de la información y de la evaluación que pudo haber. Pero en la izquierda italiana hubo un debate muy vivo y una reflexión profunda sobre el significado de todo aquello, que contrastaba enormemente con la falta de convocatoria, con el silencio, con el no tener nada que decir desde la izquierda a la juventud.

Y esa reflexión que ellos hicieron y a la que pude acceder fue también para mí una reflexión personal. Empecé ahí y mire dónde estoy.

¿En qué medida ha comprendido usted que esto es relevante para su vida? ¿Por qué el cristianismo es importante?

Yo creo que para los que hemos vivido con una ideología que prescinde de Dios, que tiene una concepción materialista del ser humano, en la que la vida tiene un final y no tiene una trascendencia ni un futuro eterno, encontrarse con el cristianismo, pero no como doctrina o normas, es una revolución. Porque el cristianismo, a diferencia de otras religiones, es un encuentro real con Cristo vivo, y de ahí viene todo lo demás.

Esto es como una revolución interior, un cambio drástico de vida, un cambio de valores. Esa revolución también puede ser dolorosa, y lo es. Pero vale la pena hacer ese proceso.

¿Qué aporta el cristianismo frente a todo este mundo sin valores? En primer lugar, comprender la verdadera dimensión de uno mismo como ser humano, un sentido de la vida, un sentido de la muerte, el sentido del dolor, la importancia de vivir, una nueva relación con las personas y una vida muy plena y muy feliz.

Manuel García Morente

El nombre de García Morente es bien conocido en la Universidad española. Era catedrático de Ética en la Universidad de Madrid -entonces, "Universidad Central"-, y una de las figuras más prestigiosas de la filosofía en España. Cuando estalló la guerra en España en julio de 1936, era Decano de su Facultad. Aparentemente, no era una persona con un perfil que diera motivos para temer nada de la República española. Era públicamente conocido como ateo; de hecho, poco después de morir su madre, siendo un adolescente, dejó de ir a la iglesia: ya decía que no creía.

Hizo estudios en Francia, y se licenció por la Sorbona, siendo discípulo de Bergson y Levy-Brühl. Filosóficamente, su mayor influencia venía del kantismo, como sucedía en España con muchos de los que habían pasado por la Institución Libre de Enseñanza, algunos de los cuales ocupaban puestos relevantes en la joven República. Era apolítico, y si acaso, sus ideas al respecto podían tener cierta afinidad con las de Ortega y Gasset, con quien le unían bastantes planteamientos y una estrecha amistad. Y sin embargo...

Apenas mes y medio de comenzada la guerra se produjo el vuelco. El 28 de agosto de 1936 recibe una llamada telefónica: su yerno había muerto. "Recibí la noticia de su muerte estando yo en la Universidad en el acto de entregar el decanato -del que fui destituido por el Gobierno republicano- a mi sucesor, el señor Besteiro. De mi casa, por teléfono, me comunicaron el fallecimiento de mi yerno. Yo comprendí enseguida que había sido asesinado. Y la impresión que la noticia me produjo fue tal que caí desvanecido al suelo. Cuando volví en mí pedí al señor Besteiro que interpusiera toda su influencia para lograr el rápido y seguro traslado de mi hija y nietos de Toledo a Madrid". Besteiro, que era un caballero, accedió y lo consiguió.

El "delito" del yerno consistía en pertenecer a la Adoración Nocturna. Siguieron días de miedo, con registros y detenidos entre los vecinos. "En esta situación, el 26 de septiembre, al mes escaso del asesinato de mi yerno, recibí por la mañana temprano el aviso confidencialísimo de que urgía me ausentara de casa, y, si fuera posible, de España, pues se había acordado, por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras, darme la muerte, como era usual entonces". Como suele suceder en las guerras civiles, las rivalidades personales se mezclan con las políticas.

Tuvo que huir precipitadamente a Barcelona, y de allí a París. Comenzó así un periodo de angustias. "Llegué, pues, a París, sin dinero, y con el alma transida de angustia y de dolor, y además corroída por preocupaciones de índole moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas (estaba viudo desde 1923) y ponerme egoístamente a salvo?". Era evidente que no le había quedado otra opción que huir, pero quedaba la duda, un sentimiento de impotencia que nunca había experimentado, y la humillación no sólo de no poder subvenir a las necesidades de los suyos, sino ni siquiera a las propias: tenía que vivir de la generosidad de algunos amigos.

"Así, en París -recuerda-, el insomnio fue el estado casi normal de mis noches tristísimas". Cavilaba sobre su familia y su suerte, pero también empezaba a verse de un modo distinto que antes: "también a veces repasaba en la memoria todo el curso de mi vida: veía lo infundada que era la especie de satisfacción modorrosa que sobre mí mismo había estado viviendo; percibía dolorosamente la incurable inquietud e inestabilidad espiritual en que de día en día había ido creciendo mi desasosiego".

No permanecía inactivo. Hizo gestiones para intentar sacar a su familia de España: primero, con la embajada británica; después, con la Cruz Roja. Fallaron. Además, tampoco estaba muy seguro: ¿qué podía ofrecerles si llegaban? En esta situación, llegó un primer golpe de fortuna: se dirigió a él una editorial para que preparara un diccionario español-francés actualizado. Alguien se acordó de él.

Con todo, el motivo principal de su angustia seguía inalterado: su familia. La idea de Dios llegó por primera vez a su cabeza: ¿sería un castigo de Dios? "La primera vez que la idea «castigo de Dios» rozo mi mente fue cosa fugaz y transitoria, en la que no paré mientes. Pero por la noche la misma idea reapareció, y esta vez ya con claridad y persistencia tales que hube de prestarle mayor atención. Pero fue para mirarla, por decirlo así, despectivamente y rechazarla con un movimiento de enojo, de orgullo intelectual y de soberbia humana. «No seas idiota», me dije a mí mismo. Y el pensamiento volcó sobre la pobre ideíta, humildita y buena, un montón rápido de representaciones filosóficas, científicas, etc., que la ahogaron en ciernes".

De repente, apareció un rayo de esperanza, también inesperado. En una visita a su amigo Ortega y Gasset, encontró en casa de éste un hombre cuyo hijo era secretario de Negrín, por entonces Ministro de Hacienda de la República. Al enterarse de la preocupación de García Morente, se ofreció a hacer gestiones por medio de su hijo. Además de agradecido, el catedrático quedó desconcertado. "Yo me quedé pasmado. El conjunto de lo que me estaba sucediendo tenía caracteres verdaderamente extraños e incomprensibles. Alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida".

Todo lo que intentaba, no salía; todo lo que salía, no lo había intentado ni previsto. "Yo permanecía pasivo por completo e ignorante de todo lo que me sucedía. Se diría que algún poder incógnito, dueño absoluto del acontecer humano, arreglaba sin mí todo lo mío. (...) Por tercera vez la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de angustia y de confusión. Era demasiado evidente que yo, por mí mismo, no podía nada y que todo lo bueno y lo malo que me estaba sucediendo tenía su origen y propulsión en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, me refugiaba en la idea cósmica del determinismo universal, y una vez que se me ocurrió tímidamente el pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar -que era, sin duda, la actitud más lógica y congruente con todo lo que me estaba sucediendo-, lo rechacé también como necia puerilidad".

Las gestiones comenzaron dando buenos resultados... pero acabaron en un nuevo punto muerto. En abril de 1937 su familia pudo salir de Madrid... pero no de España. Se instalaron en Barcelona; desde luego, estaban mejor que en Madrid, y tenían parientes que les acogieron. Pero había alguien que no quería que sus hijas y nietas salieran de la España republicana; las veía como rehenes que garantizaban que García Morente no emprendería actividades antirrepublicanas (algo que nunca pasó por su cabeza). Este volvió a derrumbarse: "Yo solo en París, desde el octavo piso de la casa del boulevard Sérurier, estaba obligado a esperar, angustiado, el estallido de los hechos que se concertaban o desconcertaban ellos solos, por sí solos, encima de mi cabeza.

Aquellas noches fueron atroces. «¿Qué está haciendo de mí -pensaba- Dios, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea? ». La impotencia, la ignorancia, una noche sombría en derredor y nada, nada absolutamente, sino esperar la sentencia de los acontecimientos. ¡Esperar! ¿Y cómo esperar sin saber? ¿Qué esperanza es esa esperanza que no sabe lo que espera? Una esperanza que no sabe lo que espera es propiamente... la desesperación".

En su desesperación, daba vueltas y vueltas a su situación, y al sentido mismo de la vida. "¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también enseguida debió asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. «Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se cura de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades». Y en efecto, realicé el acto interior de rechazar esas que yo llamaba puerilidades. Pero he aquí que las puerilidades insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas". Intentó aplicar el rigor de la filosofía que era su profesión. Pero, para su asombro, su corazón, y poco a poco su cabeza, se iban inclinando a favor de un Dios providente.

"Por una parte, la idea de una providencia divina, que hace nuestra vida y nos la da y atribuye, estaba ya profundamente grabada en mi espíritu. Por otra parte, no podía concebir esa Providencia sino como supremamente inteligente, supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es decir, de todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido. Llegado a esta conclusión, experimenté un gran consuelo. Y me quedé estupefacto al considerarlo. «¿Cómo es posible -pensé- que la idea de esa Providencia sabia, poderosa, activa y ordenadora, pero que acaba de asestarme tan terrible golpe, me sea ahora de consuelo?». No lo entendía bien. Pero el hecho era evidentísimo. El hecho era que me sentía más tranquilo, más sereno y reposado. (Mucho tiempo después, leyendo a San Agustín, he descubierto la verdadera clave del enigma en la frase «inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa»)". Pero, ¿por qué esa Providencia parecía tan cruel con él?

Ya más tranquilo, "pensaba en Dios; pero siempre en el Dios del deísmo, en el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que se piensa, pero al que no se reza. Dios humano, trascendente, inaccesible, puro ser lejanísimo, puro término de la mirada intelectual". Ante un Dios así concebido sólo cabe una postura: la resignación. Lo intentó, pero sintió primero la frialdad, después la rebeldía. "En mi alma se produjo una especie de protesta, y creo, Dios me perdone, que algo así como una blasfemia subió a mi mente. Creo que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de sarcástica a esa Providencia que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a su antojo inexplicable, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo no quería, que yo repudiaba. ¿ Qué puedo esperar -pensaba yo- de un Dios que así se complace en jugar conmigo, que me engolosina de esa manera con la inminente perspectiva de la felicidad, para hacerla desaparecer en el momento mismo en que yo iba a tenerla ya entre las manos? (...) No me someto al destino que Dios quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado".

En ese estado, se le ocurrió pensar en el acto supremo de la rebeldía, en lo que parecía la máxima expresión de libertad frente a ese Dios dueño de nuestros destinos: el suicidio. "Pero tan pronto como me di cuenta de la conclusión a que había llegado, me espanté de mí mismo. No por la idea de suicidio en sí, que ya en otras ocasiones había estado en los ámbitos de mi conciencia, sino más bien por la absoluta ineficacia de un acto así, que a nada conducía, que nada resolvía".

Estaba en un callejón sin salida. Puso la radio. Música. Primero, César Frank; después, Ravel. Siguió L'enfance de Jésus de Berlioz, bien cantada por un magnífico tenor:

"Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. (...) Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera ofrecerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Le vi, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a San José y a María. Seguí representándome otros episodios de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las santas mujeres al pie de la Cruz. (...) Y los brazos de Cristo crecían, crecían, y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor, y la Cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito de todo y tras de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con Él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí". Aquello "tuvo un efecto fulminante en mi alma".

En realidad, supuso su conversión. "¿Y qué me había sucedido? Pues que la distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía me había resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése si que le entiendo y ése sí que me entiende, a ése sí que puedo entregarle fielmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror!, ¡se me había olvidado!".

Siguió de rodillas, rezando como podía. Recordó cómo su madre le había enseñado a rezar, reconstruyó el Padrenuestro, y el Avemaría... y de ahí no pudo pasar. No importaba demasiado; lo cierto era que una inmensa paz se había adueñado de mi alma". Se sentía otro hombre, el "hombre nuevo" del que hablaba San Pablo. Miró por la ventana: vio lo de siempre, Montmartre. Pero los ojos eran nuevos, y vio un significado que no había aparecido antes: ¡Mons Martyrum!, el Monte de los Mártires. Vio los mártires, que aceptaban libremente el supremo sacrificio. "¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»".

Las primeras conclusiones, los primeros propósitos, del cristiano Manuel García Morente empezaron a trazarse. "Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin discutirlas ni sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe sea sólida y robusta y esté por encima de toda vacilación, para reedificar mi castillo filosófico sobre nuevas bases. Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!".

Siguió algo extraordinario. Para reforzar la fe recién renacida, Jesucristo quiso tener en él un detalle extraordinario: hacerse presente de un modo misterioso, pero real; de un modo que no se podía percibir por los sentidos, pero se percibía. "Allí estaba él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. (...) Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé".

Duró un rato que no se podía medir, y terminó, para no volverse a repetir. Lo necesario, y nada más. Años después, encontró algo parecido en la Vida de Santa Teresa.

Al cabo de unos días, cayó el Gobierno en España y, poco tiempo después, pudo reunirse con su familia, en París, y darles la buena noticia de su conversión: ¡gran alegría para una familia en la que él era el único que había carecido de fe!

Claudia Koll

Claudia Koll es una reconocida actriz italiana cuya conversión no ha dejado indiferente a la sociedad de ese país. Oriunda de Roma, estudió actuación con Susan Strasberg y Geladine Banon en el Drama Course y con Yves Le Baron en Le Coq School. Su primer papel protagonista fue en una película erótica en 1992, Cosí fan Tutte, del director Tinto Brass. Junto a Antonio Banderas protagonizó El joven Mussolini.

No obstante su cada vez más prometedora trayectoria, se percató de que algo falta en su vida: “Un día entré en la iglesia de santa Anastasia, en Roma. Buscaba de alguna manera la ayuda de Dios. Se me acercó un sacerdote y me dijo: “¿qué quiere de Él?”. Yo le dije: “Nada. Soy una pecadora”. Cuando me hizo la señal de la cruz en la frente, sentí que mi corazón se abría y se llenaba de Jesús. Las rodillas se me doblaron, me tuve que sentar y empecé a llorar”.

Aquel momento fue la causa que llevó a Claudia a ya no desnudarse en el cine y a hacerse formadora de una nueva generación de actrices con principios. Ha impulsado la Star Rose Academy, además de ayudar como voluntaria en brigadas de ayuda que van a África. “Por sed de amor me vi envuelta en historias equivocadas. Quería probar emociones fuertes pero nadie realmente me había enseñado a vivir. Lo más extraordinario para mí ha sido descubrir que el Señor venía en mi ayuda, a pesar de mi condición de gran pecadora”, relata Koll.


Alessandra Borghese

Manda el protocolo que, en el membrete de las invitaciones oficiales, en las ocasiones solemnes, se me designe con el nombre que me han conferido los siglos: Donna Alessandra Romana dei Principi Borghese.

Soy consciente del privilegio y de las responsabilidades de cargar sobre mis espaldas con tanta historia. Y no soy tan superficial o tan demagoga como para considerarlo irrelevante.

En estas páginas, sin embargo, únicamente es Alessandra quien habla: toda distinción de linaje y de clase resulta ridícula ante el Misterio en el que cada vida está inmersa. La de un ser anónimo y la de una princesa. No tenemos, todos, más que un solo Padre.

Y, todos, no somos más que hijos necesitados de perdón, de comprensión, de cariño, de esperanza. Cada cual, ciertamente, con su propia historia. Pero cada uno bajo una mirada donde conviven misericordia y justicia.

Poco a poco, a medida que crecía y me percataba de la tradición que me precedía y en la que me hallaba inmersa, sentía orgullo y alguna vez arrogancia, pero también una especie de miedo, de angustia sutil. No resultaba sencillo conciliar la prestancia de la estirpe a la que pertenecía con mi persona. Intuía que me aguardaban cometidos exigentes. Me turbaba, sobre todo, otro aspecto: al escuchar los relatos de familia y estudiar la historia de mis ancestros supe bien, y progresivamente mejor con el paso de los años, de dónde procedía. Aprendí, cada vez con mayor soltura, a moverme con destreza en la larga cadena de hombres y mujeres que, partiendo de Siena, echaron sólidas raíces en Roma, hasta llegar hasta mí.

Ahora bien, si sabía de dónde provenía, no tenía claro en cambio a dónde me dirigía, a dónde conducía todo esto, cuál era el objetivo final de esta importante historia pública y privada.

Durante largos años he buscado respuestas tirándome de cabeza a la vida, sacando fruto con energía y -debo reconocerlo- con cierta audacia a las muchas posibilidades que se me ofrecían. Sin embargo, cada vez, me daba más cuenta de que todo eso no era suficiente. Y ello porque -conviene decirlo, para disipar prejuicios- en algunas situaciones de la vida no hay privilegios que valgan: la posición social o la alcurnia ayudan poco o nada. Es más, tal vez pueden resultar un obstáculo. Cuando lo que se busca es un sentido a la vida y a la muerte, todos al fin somos iguales, todos experimentamos el mismo desasosiego, las mismas ansias, y sentimos especial necesidad de ser acogidos y amados. Todos querríamos oír que nuestros esfuerzos, nuestro empeño por construir algo grande y bueno en esta vida, no acabarán en la nada, sino que tendrán continuidad, siquiera de un modo misterioso. Sin esta esperanza, todos, con título nobiliario o sin él, famosos o anónimos, nos sentimos infelices e insatisfechos.

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Habíamos viajado a la ciudad americana con un grupo de artistas italianos contemporáneos, entre ellos Cucchi, Chia y Ontani, para una exposición en la sala Fendi. Gran alegría me produjo reencontrar a mi amiga de antaño. Decidimos volver a vernos pronto. Ella me citó para los días del Ferragosto en el lago Stamberg. Acepte.

Recuerdo perfectamente que el 15 de agosto de aquel año cayó en sábado. Llegué el martes anterior. Pasé toda la jornada del miércoles practicando deporte, dando largos paseos por las orillas del lago y jugando a las cartas con Gloria y otros amigos allí presentes. Tan sólo tenía la pega de la elección: tenis, esquí acuático, montar a caballo, golf. A mí me gustaban todos y los había practicado desde pequeña.

A la mañana siguiente, jueves, Gloria propuso a sus huéspedes un programa diferente: nos invitó a ir a Misa con ella y su familia. Consideré el asunto con despego: iría por cortesía. Yo quizás era todavía creyente, pero muy fría y lejana. Y ciertamente no practicante. Como me disgustaban los formalismos, procuraba eludir, si podía, las ocasiones que implicaban la asistencia a ritos religiosos. Las aceptaba exclusivamente cuando me lo imponían las reglas de la buena educación. Tal era el caso de la invitación de Gloria. Fui, pues, a Misa con los demás, y todo acabó ahí. Las vacaciones continuaron luego como el primer día: volcados en nuestras diversiones deportivas y mundanas.

El sábado siguiente, Ferragosto, era fiesta de nuevo, también religiosa. Era la gran celebración de la Asunción de la Virgen, día en que se festeja el triunfo de una mujer, María de Nazaret, que, con su disponibilidad a Dios, hizo posible la encarnación de Jesús y la salvación que Él nos alcanzó. Salvación ya visible en Ella, pues fue glorificada también en su cuerpo y, por ello, asunta al Cielo.
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De todo esto yo entonces sabía más bien poco o nada, pero me asombre todavía más que la primera vez cuando Gloria nos reunió de nuevo y nos invitó a acompañarla a Misa. Prevaleció siempre la buena educación. Sin embargo, a diferencia de la vez anterior, a la necesidad de fair play, de no quebrantar las reglas de la hospitalidad, se le unió muy pronto un distinto estado de ánimo, con el que proseguí los días siguientes. Me sorprendió mucho esta asiduidad en frecuentar la iglesia y en participar en la Misa, no sólo el domingo, sino incluso la festividad precedente, tan inmediata en el tiempo. Me pareció curiosa esta invitación -amable, pero firme- dirigida a los huéspedes, este programa de vida en el que la Misa ocupaba un puesto preponderante, que no cedía ni ante el deporte ni ante los demás tipos de entretenimiento que, desde luego, no faltaron a lo largo del día.

Intuí que para Gloria y su familia se trataba de un asunto importante, sentido de veras, más allá del puro respeto formal de una tradición aristocrática. Con mayor motivo cuanto que todos ellos parecían vivir este hecho con gran naturalidad, con sencillez, diría que con una alegría contenida pero evidente. Así las cosas, la participación en el rito sagrado, que más tarde he comprendido que es el corazón del cristianismo, no la percibí como una especie de medalla colgada al cuello de mis anfitriones, que uno se pone durante un rato para después quitársela y volver a meterla en un cajón. La consideré, más bien, como un traje que uno viste habitualmente y se lleva con comodidad y soltura.

Comprendo que todo esto pueda asombrar a quien tiene familiaridad con la fe. Sin embargo, para mí resultó entonces un descubrimiento desconcertante, que me dio mucho que pensar y acabó provocando un vuelco de mis ideas.
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El linaje de los Borghese alcanzó su culmen justamente cuando uno de sus miembros, Gamillo, fue elegido Papa y tomó el nombre de Pablo V. La tradición de la familia se enraiza, pues, en la fe cristiana; católica, más en concreto. Los Borghese formaban parte de la llamada “aristocracia negra", que durante siglos desempeñó las tareas del servicio noble a la sede pontificia. También papá y mamá nos educaron conforme a la tradición. Yo me formé en colegios religiosos hasta el final del bachillerato. No obstante, desde la adolescencia me fui distanciando progresivamente de todo ese mundo, sin mostrar jamás un verdadero interés por la fe. Es cierto que rezaba alguna vez, aunque naturalmente sólo para pedir favores y sin auténtica convicción. Nunca me planteé en serio el problema de Dios. Creía en su existencia, pero en el fondo no me importaba nada de Él. Vivía, en la práctica, como si no existiese. Además, con los años fue creciendo en mí un sentimiento de crítica y de desafecto hacia la Iglesia y hacia los que la componen. La consideraba una institución rígida, polvorienta y anticuada, imposible de conciliar con la vida moderna, con un pensamiento abierto y tolerante.

Debo reconocer que, en el fondo del corazón, tal vez la convicción era diferente. De cuando en cuando algo trataba de salir a la superficie, de aflorar en mi conciencia. En diversos momentos de particular sufrimiento, que ciertamente no faltaron en mi entonces corta vida, tentada estuve de abrirme e incluso llegué a pedir ayuda. Cerca anduve de confesar que algo no iba bien en mi forma de vivir. Sin embargo, una y otra vez ahogué drásticamente cualquier deseo de profundización, acallé -a veces hasta con violencia- las recriminaciones de mi conciencia. Mi resistencia, influida también por el ambiente en que me desenvolvía, era demasiado fuerte. Practicar la religión no estaba en absoluto de moda. Esto era algo que formaba parte de las reglas no escritas, pero tácitamente vigentes y observadas por la juventud rica en títulos, en posición social y en patrimonio con la que me codeaba.

Para mí, e igualmente -creo, sin pretender juzgar- para cualquiera de los que frecuentaba, los valores que contaban eran distintos: emprender y sacar adelante un trabajo prestigioso y rentable; cultivar relaciones internacionales con las familias más boyantes del planeta, incluidas las reales: interesarse -más allá de los negocios- por la cultura, por el arte..., pero nunca por la religión, y menos aún por la católica, considerada la más cerrada y moralista de todas.

Cuando Juan Pablo II fue elegido Papa, yo era aún adolescente. El cónclave me pilló en Roma. Aquel día, en cuanto me enteré de que había fumatta blanca, salí en moto a toda prisa con mi hermano hacia la Plaza de San Pedro. Fue un momento de alegría y de entusiasmo, naturalmente más emotivo que reflexivo. Lo recuerdo muy bien.
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Alguna que otra vez, durante su pontificado, este Santo Padre venido del Este atrajo mi atención, sobre todo cuando se dirigía a los jóvenes, como yo lo era, hablándoles de Jesucristo con gran libertad y proponiéndoles ideales exigentes. A punto estuve de caer rendida en más de una ocasión. Pero todo se desvanecía luego rápidamente: en cuanto pensaba en la moral católica, que entonces sólo me parecía un conjunto de reglas rígidas, frías e imposibles de cumplir.
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Creo que resulta comprensible, pues, mi sorpresa ante el comportamiento de Gloria y de sus hijos, ante esa fe católica mostrada sin reservas ni vergüenza, no como un acto formal, sino como un aspecto importante de la vida. Eran personas de mi propio ambiente y, por tanto, de las que se saben bien las reglas. De Gloria, además, conocía su vivacidad y sus ganas de vivir, su capacidad de desenvolverse con gran señorío, al tiempo que con una pizca de fascinante anticonformismo: una princesa moderna, pero a la vez inserta en la tradición. ¿Por que se comportaba de aquella manera? Entendí que, en los años en que no nos habíamos visto, ella había dado un gran cambio. Su marido, el príncipe von Thurn und Taxis, mucho mayor que ella, había muerto pronto, en 1990, dejándola con tres hijos, un patrimonio y un linaje que asentar de nuevo. Era probable que esto hubiese hecho emerger en ella aspectos que yo desconocía.

No conseguí olvidar los pocos días pasados junto al lago alemán, ni las emociones que allí había experimentado.
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Extracto del libro "Con ojos nuevos" de Alessandra Borghese

Manuel Viego

- ¿Cómo fue su juventud?
- Mi familia era católica, pero yo tuve una mala experiencia con la Iglesia en mi infancia y me alejé de Dios. A partir de los 16 años yo ya trabajaba y tenía dinero. Me dieron a probar porros, me hacía sentirme bien, me evadía. Fui comercial, trabajé en la construcción, ponía música y copas en discotecas...

- No sufrió problemas económicos...
- No, ganaba mucho dinero y durante años lo gasté en fiestas. Fui a más, me metía de todo, muchos ácidos, a veces esnifaba coca. Como muchos, buscaba ser feliz en el placer. Estuve con una chica, luego con otra...

- ¿Y cómo cambió esto?
- Al cabo de unos años, me fui de fiesta a Tenerife en la Semana Santa de 1992. Solo vi el Teide y el mar de lejos. Me junté con unos conocidos en un apartamento. Toda la noche estábamos de juerga, y de día dormíamos, o estábamos de jacuzzi y sauna. La noche de Viernes Santo nos pusimos hasta arriba, sobre todo de ácidos. Me sentí muy mal. Me di cuenta que nada de aquello me hacía feliz. Pensé que iba a perder la razón, que nada en la vida tenía sentido. Entonces vi una iglesia cerrada y pensé que a lo mejor mi madre tenía razón y Dios existía.

- ¿Y su madre tenía razón?
- Sí. Me dio por hablar con Dios. "Si existes, éste es tu momento", le dije, "he hecho de todo y no consigo ser feliz". Pensé rezar, pero no me sabía el Padrenuestro porque lo habían cambiado cuando lo aprendí. Pero sí recordaba el "Ave María", así que recé a la Virgen. Y resultó que Dios existía. Sentí que Dios estaba a mi lado, que me acompañaba y me decía "levántate y anda". Esa experiencia me cambió. Al día siguiente, Sábado Santo, fui a una iglesia, consulté los horarios de misa, hablé con un sacerdote. Y me pareció que todo eran mensajes de Dios para mí.

- ¿Hubo más experiencias en ese sentido?
- Sí. Poco después tuve otra experiencia fuerte de cercanía de Dios haciendo un cursillo de Cristiandad en Covadonga. Allí descubrí a la Iglesia, y que Dios no juega con las personas, que nunca me dejó.

- ¿Cambió de golpe?
- No, cambiar de vida fue un proceso lento. Intenté vivir en cristiano, desde la fe, la relación con mi pareja. Hubo ruptura, claro. ¡Si cada vez que hay un problema lo quieres solucionar en la cama...! Más adelante fui a pasar una semana en un retiro de la Comunidad de Bienaventuranzas en Toledo... y me quedé tres años. Allí entendí que quiero transmitir lo que he vivido, evitar que otros sufran lo que yo he sufrido. Empecé a estudiar en el seminario de Sigüenza, luego en el de Oviedo. Ahora tengo a mi cargo tres parroquias en Castropol, en Asturias.

Leonardo Mondadori

Leonardo Mondadori, presidente de la laica Mondadori, la casa editorial más grande de Italia, se ha convertido. Ha abrazado la mayor de las ortodoxias católicas, es decir, va a misa todos los domingos, tiene un director espiritual, frecuenta habitualmente los sacramentos y en particular la confesión, y por último, ha decidido –él, divorciado dos veces, hombre con fama de donjuán–, vivir soltero en castidad. Por si esto fuera poco, lejos de guardarse para sí este cambio de vida, ha decidido salir a la plaza pública contándoselo todo a Vittorio Messori.



—¿Por qué ha decidido hacer pública su experiencia?
—Lo que me da miedo no es el riesgo de que me consideren pasado de moda. Lo que temo es que no me comprendan. Habrá alguno que dirá: míralo, tiene un tumor, se va a morir, y entonces se arroja en brazos de la religión.

—Vittorio Messori, otro converso, dice en el libro que su vida cambió tras una experiencia parecida a una experiencia mística. ¿También a usted le ha sucedido algo semejante?
—No, ninguna experiencia mística. Para mí ha sido un trabajo progresivo. Una sensibilidad que ha ido creciendo. Entendámonos, con muchas caídas, pero siempre con la voluntad de levantarme de nuevo.

—Sí, pero habrá un día, una cara, un lugar, en definitiva, un hecho con el que comenzara todo, ¿o no?
—Sí, recuerdo una comida con Pippo Corigliano, el responsable de las relaciones públicas del Opus Dei. Era en 1992, y en aquel tiempo, la religión no me interesa lo más mínimo, y menos aún la Iglesia. Pero sentía que mi vida estaba, ¿cómo decirlo?, llena de errores. Cargaba ya sobre mis espaldas dos divorcios, tres hijos de dos mujeres distintas. Corigliano me impresionó mucho. Decidí tener otros encuentros con él. Incluso empecé a pedirle consejo. Él fue muy discreto. Me dijo: si estás abierto a estas cosas, te presentaré a un sacerdote.

—¿Y acudió a él?
—Fui, naturalmente. Un cura excepcional. Me respetó muchísimo. Me empecé a fiar de él, a seguir sus sugerencias. Y poco a poco, siguiendo lo que me decía, me di cuenta de que encontraba las respuestas que buscaba. Me invadió un gran entusiasmo, quería cambiar toda mi vida de golpe. Y él, el sacerdote, con gran realismo, me frenaba: no tengas prisa, me decía, Dios no te pide imposibles, ve con calma.

—¿Qué le ha convencido de que el cristianismo es verdad?
—Lo he respondido en parte: la constatación de que el Evangelio es realmente el manual de instrucciones para el uso del hombre. Que Jesucristo es realmente la respuesta a todos nuestros interrogantes. Que sólo quien sigue a Cristo se realiza plenamente. Ésta ha sido la primera "prueba" con la que me he encontrado. Además se añadió otra: la oración. He experimentado que cuando se pide algo a Dios con sinceridad y con recta intención, siempre nos escucha.

—Cuenta en el libro, con emoción, el regreso a la confesión.
—Sería más preciso decir el "descubrimiento" de la confesión. Sí, fue un gozo inmenso. Me acordé de cosas que había olvidado. Y luego me sentí en paz con Dios. Feliz.

—Hoy muchos regresan a la religión pero eligiendo una especie de relación privada con Dios. Usted, en cambio, ha elegido la mediación de la Iglesia. ¿Por qué?
—La Iglesia ha quedado como el último baluarte contra las locuras de nuestro tiempo. También aquí la vida me ha demostrado que quien sigue esa ortodoxia católica que funciona desde hace dos mil años, nunca queda defraudado.

Charlene Andersen

Tatiana Goritcheva

Tatiana Goritcheva nació en Leningrado en 1947. Estudió filosofía y radiotecnia. Como ella misma expone en el relato de su conversión, su juventud fue una muestra típica de lo que era capaz de producir el sistema ateo soviético, a excepción quizá de una cierta inquietud intelectual que sus estudios de filosofía le habían despertado. A los 26 años se convirtió al cristianismo. "Si alguien me pregunta -relata ella- qué significa para mí el retorno a Dios, qué es lo que esa conversión me ha hecho patente y cómo ha cambiado mi vida, puedo contestarle con toda sencillez y brevedad: lo significa todo. Todo ha cambiado en mí y a mí alrededor. Y, para decirlo con mayor precisión aún: mi vida empezó sólo después de haber encontrado a Dios". Pocos años después, en 1984, puso por escrito el relato de su conversión.

De ningún sitio a ninguna parte.

"Para las personas que han crecido en países occidentales no es fácil entender. Han nacido en un mundo de tradiciones y normas, aunque ya no puedan considerarse totalmente estables. Esas personas han podido desarrollarse de una manera "normal", leyendo los libros que han querido, eligiendo sus amigos y haciendo la carrera que han preferido. Han podido viajar a cualquier país. O han podido retirarse del mundo, para cuidar amorosamente de su familia, para encerrarse en un monasterio o dedicarse a la ciencia, eligiendo para ello el mejor lugar. Yo he nacido, por el contrario, en un país en que los valores de la cultura religión y moral fueron arrancados de raíz, de manera intencional y con éxito. Yo no vengo de ninguna parte ni voy a ningún lugar. Carezco de raíces y he tenido que caminar hacia un futuro vacío y absurdo.

Yo lo odiaba todo.

Cuando era adolescente, una amiga mía se quitó la vida a los quince años porque no pudo soportar lo que le rodeaba. Dejó una nota que decía: "Soy una persona muy mala", cuando era una criatura de corazón extraordinariamente puro, que no sufría la mentira, y que jamás pudo mentirse a sí misma. Aquella muchacha se quitó la vida al descubrir que no vivía como hubiera debido hacerlo y porque de alguna manera tenía que romper el vacío que le rodeaba y encontrar la luz. Pero no encontró el verdadero camino... Hoy, veinte años después de su muerte, yo puedo expresar lo mismo en un lenguaje cristiano. Mi amiga había descubierto su condición de pecadora. Había descubierto una verdad fundamental, a saber: que el hombre es débil e imperfecto, pero no alcanzó a conocer la otra verdad, aún más importante, que Dios puede salvar al hombre, arrancarlo de su condición de caído y sacarlo de las tinieblas más impenetrables. De esa esperanza nadie le había hablado, y murió oprimida por la desesperación.

Personalmente no podía compararme con mi amiga en sus dotes espirituales. Yo vivía como una bestezuela acorralada y furiosa, sin erguirme jamás y sin levantar la cabeza, sin hacer intento alguno por comprender o decidir algo. En las redacciones escolares escribía -como era de ley- que amaba a mi patria, a Lenin y a mi madre, pero eso era pura y llanamente una mentira. Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba; odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias, más aún me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás, y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. Oh, sí, yo enloquecía de rabia al pensar que, sin deseo alguno de mi parte, y de modo totalmente absurdo, me habían traído al mundo. Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido, verano, otoño, invierno... Lo único que yo amaba era la soledad absoluta.

Más tarde, cuando ya supe leer, me parapetaba tras los libros... Sólo en ellos se vive sin angustia, sin postergaciones, engaños, y atropellos, sólo en los libros no se vive en una mentira permanente...El desprecio que alentaba en mi interior, no fue obstáculo, sin embargo, para que externamente pasase por una niña tranquila y con éxito, que siempre destacaba por sus logros especiales, alabada por los profesores y querida por los compañeros. Naturalmente yo no me daba cuenta de lo incoherente de mi conducta, mi razón y mi conciencia callaban.

Nadie me había dicho que el amor está por encima de todo.

Y en la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y "combativas". Con esto se reforzó más mi orgullo, floreciendo plenamente. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.

Es bien sabido que mi generación dio muchísimos seguidores de Nietzsche. A Nietzsche lo leí cuando tenía diecinueve años (mientras que el Evangelio sólo lo leí a los veintiséis) y de inmediato me gustó mucho, como me gustaron también Sartre, Camus, Heidegger, y la filosofía existencialista, rebelde y tan cercana a nosotros. En los años de la liberalización, eran autores en parte permitidos, cuyas traducciones empezaron a circular. Para nosotros el existencialismo fue el primer sorbo de libertad, la primera palabra sincera que no estaba prohibida...

Por lo demás, es interesante consignar que nuestros caminos (el de occidente y oriente) pronto se separaron. La juventud occidental vivió los sucesos de 1968, recorrió el camino de una "politización" cada vez mayor de la conciencia y se enardeció con el marxismo... Nosotros, por el contrario, ahondamos más y descubrimos los valores imperecederos de la cultura, la historia y la ética. Y acabamos familiarizándonos con Dios y con la Iglesia... Así, nuestra liberación empezó con el descubrimiento del pensamiento occidental libre. Y es curioso que, cuando entramos en contacto con el mundo ancho y maravilloso del pensamiento cristiano, no mandamos al diablo al impío Sartre ni al orgulloso Camus. Pese a toda su antireligiosidad, Sartre pudo conducirnos hasta la frontera de la desesperación en que empieza la fe. Su idea central de que el hombre en cada segundo de su existencia tiene que tomar una decisión libre, es de hecho una idea cristiana. Porque a Dios le agrada el amor voluntario del hombre, y por respeto a la libre decisión de nuestra voluntad Dios no aniquila el mal en el mundo.

Pero no nos adelantemos.

Para mí, en tanto que existencialista consecuente y rabiosa, durante mucho tiempo no existió el cristianismo ¿Para qué regresar a los viejos mitos? Pero en mi vida se afianzaba la tendencia a un orgullo cada vez mayor y a una mayor autodestrucción. Siguiendo la línea de Nietzsche yo me tenía por una aristócrata espiritual; es decir, por una persona "fuerte" capaz de dirigir y configurar mi propia vida gracias la decisión de mi libre voluntad. Las gentes "débiles" y vulgares no pueden hacer frente con "nada" a ese reto y escapan del absurdo y sin sentido de la existencia refugiándose unos en la familia, y otros en la política o en la carrera. Oh, cómo los odiaba a todos y qué bien entendía lo de "esclavizar" a los hombres para comprobar enseguida maliciosamente, que todos, tanto varones como mujeres, aman la esclavitud y hasta la buscan.

Dejé de mentir. Entonces aspiraba ya a una vida "íntegra" y consecuente. Me sentía filósofa y dejé de engañarme a mí misma y a los demás. La verdad amarga, terrible y triste, estaba para mí por encima de todo lo otro. Pese a lo cual mi existencia seguía tan desgarrada y contradictoria como antes. Yo sentía un gusto permanente por el contraste y el absurdo, por los imponderables de la vida. También alentaba en mí el esteticismo. Por ejemplo un día me gustaba mucho ser una alumna "brillante" y con el orgullo de la facultad de filosofía trataba con intelectuales sutiles, asistía a conferencias y coloquios científicos, hacia observaciones irónicas y sólo me daba por satisfecha con lo mejor en el aspecto intelectual. Por la tarde y por la noche, en cambio, me mantenía en compañía de marginados y de gentes de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Nos emborrachábamos en bodegas y buhardillas. A veces alquilábamos una vivienda simplemente para pasar el rato, tomar una taza de café y después desaparecer.

Sólo un hombre intentó una vez ponerme una contención. Debo calificarle con todo merecimiento como mi primer maestro. Fue nuestro profesor Boris Míchailowitsch Paramonov; era docente eventual en la facultad de filosofía y no pudo permanecer mucho tiempo. Ahora ha emigrado y vive en América. Una vez me dijo:

- Tania, ¿por qué intenta usted destruirlo todo? ¿No comprende que ese placer destructivo ha sido desde siempre la miseria del pensamiento ruso? Vea usted que vivimos en un mundo en el que el nihilismo ya ha triunfado por completo. No tiene más que acudir al mercado soviético y sólo hallará mostradores vacíos. No hay nada de lo que debería haber en un mercado. En lugar de eso sólo se ve por doquier letreros en rojo que dicen "¡Adelante hacia la victoria del comunismo!", "Un paso adelante y dos para atrás. Lenin", etc. Ahí tiene usted su absurdo tan acariciado. Es algo que ya está creado por los bolcheviques. Por completo. ¿Qué es lo que usted desea agregar todavía?

Esas palabras me produjeron entonces una impresión profunda. Pero ni Paramonov ni yo sabíamos por entonces como se podía salir de ese círculo infernal y crear vida en lugar de destruirla.

Tampoco hallé una salida con mi entusiasmo por las filosofías orientales y por el yoga al que me dediqué después de las horas de estudio. El yoga me permitió sólo el acceso al mundo de lo absoluto, haciendo que mi ojo espiritual percibiese una nueva dimensión vertical de la existencia y destruyendo mi orgullo intelectual. Pero el yoga no pudo librarme de mí misma. Tenía un cierto carácter científico que a nosotros nos atraía en gran manera: con la ayuda de ejercicios y mediante el conocimiento de determinadas "fuerzas astrales y mentales" se podía apuntar de lleno y de un modo consciente al superhombre.

Pero ¿por qué y para qué? A esta pregunta respondía cada uno como más le venía en gana. Yo quería, naturalmente, convertirme en un dios. Yo quería ser la más inteligente y la más fuerte. Deseaba fundirme con el absoluto y sumergirme en la felicidad eterna. Ahora tenía que luchar contra ciertos sentimientos negativos como el odio y la irritabilidad, porque sabía muy bien que "consumen energía" y me arrojan a un plano más bajo de la existencia. Mas el vacío, que desde largo tiempo atrás venía siendo mi sino y me rodeaba de continuo, no estaba aún superado. Al contrario, se hacía cada vez mayor, se convertía en algo místico y amenazador que me angustiaba hasta la locura.

Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarme. A mis ojos me estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo.

¿Cuántos de mis amigos de entonces han caído víctimas de ese vacío horroroso y se han suicidado? Otros se han convertido en alcohólicos; algunos están en instituciones para enajenados... Todo parecía indicar que no teníamos esperanza alguna en la vida.

Mi segundo nacimiento

Pero el viento, que es el Espíritu Santo, sopla donde quiere. Cansada y desilusionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y no conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empecé a repetirla mentalmente como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces; entonces de repente me sentí trastornada por completo. Comprendí -no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser- que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

En aquel instante comprendí y capté el "misterio" del cristianismo, la vida nueva y verdadera. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo deje mis valoraciones e ideales anteriores, sino también a las viejas costumbres.

Finalmente también mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaron sin más como admirables habitantes del cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres.
¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces?Así empezó de nuevo mi vida. Mi redención era algo perfectamente concreto y real; había llegado de modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás, y sólo el Espíritu Santo pudo realizarla en mí, porque sólo Él puede crear una "nueva criatura" y puede reconciliaría con el Eterno. Sólo por Él y su gracia puede solucionarse el conflicto central de la personalidad humana, el conflicto entre libertad y obediencia".